jueves, 22 de septiembre de 2011

Continua la Historia: EVASIÓN de Ruth Ana López Calderón

EVASIÓN
Ruth Ana López Calderón

Sentada en la misma silla como cada mañana,
no puedo evitar que mi mirada se esfume por la ventana
para contemplar los árboles de siempre,
los mismos techos, las mismas casas.

En un suspiro exhalar
la urgencia de huir de este lugar.

Poco a poco los ruidos de la ciudad que despierta,
van quedando cada vez más lejos
y una extraña sensación me envuelve.

Magnífica experiencia etérea
en la que mi cuerpo se funde con la brisa
y va flotando cada vez más alto.

Y siento que puedo volar,
remontar el horizonte hasta llegar a ver
las infinitas praderas verdes
bordadas con flores de colores que vibran, que sueñan.

Jugar en la hierba como cuando era niña
con la inocencia intacta y correr,
aspirar el aroma embriagante de aquel paraje.

Y otra vez volar y volver a ver
los lugares queridos que jamás olvidaré.

Antiguos paisajes de mi niñez
que regalan instantes sublimes a la memoria.
Donde perduran las huertas plagadas de frutos,
y los paseos en caballo que daban rienda suelta
a mis tiernas fantasías de aventura.

Volver a ver las haciendas tan queridas,
las vacas y los caballos pastando por doquier.

Contemplar la imagen de mi abuelo amado,
sentado en su silla y abrir una a una todas las puertas
dando paso a un mundo misterioso,
que era el paraíso de mi fértil imaginación.

Y cada puerta que abría tenía su mágico olor:
la de los dulces y panes donde se mezclaban
las fragancias de membrillos, guayabas y gargateas,
incomparables junto al aroma del pan cocido en horno de barro.

La de los quesos y embutidos
donde podía deleitar mi vista y paladar
con las exquisiteces caseras como los arrollados de chancho,
los jamones ahumados, las mantequillas y los quesos varios,
las achuras, los escabeches y los estirados.

Pero de todas las puertas mi preferida era la de la sala,
donde se guardaban los álbunes de fotos antiguas de la familia,
donde el olor peculiar de los muebles de otras épocas me extasiaba.

Recorrer de la mano de mi tía los senderos
que habitaban los duendes y los zorros,
largas caminatas por el platanal escuchando
las fantásticas historias del campo.

Volver a sentir en mi boca
el recuerdo dulce de los algarrobos.

Proseguir mi rumbo hasta escuchar
el murmullo de los ríos que suena tan familiar,
detenerme a mirar su aguas que cantan canciones de cuna
y purifican el alma y floto en el aire
donde puedo sentir que he vuelto otra vez,
al escuchar el ruido de la puerta al cerrarse
y darme cuenta que sigo aquí, sentada en la misma silla como cada mañana.

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