sábado, 31 de octubre de 2015

El susurro del cofre: Capítulo I: Recuerdos


Capitulo I 
Recuerdos


Andrés observaba desde el umbral de la puerta aquella vieja habitación, el olor a humedad lo embargaba por completo. Avanzó hacia el lúgubre ventanal, tapiado con varios maderos enmohecidos que se desbarataron en cuanto entraron en contacto con sus manos. La luz del sol porfiada entró en la habitación haciendo retroceder a la oscuridad tan antigua como todo lo que allí se encontraba. El polvo cayó pesadamente sobre la cama y muebles del cuarto.

Sobre la cama estaban las pertenencias de su padre, un viejo reloj de cadena, detenido en alguna hora de tiempos mejores, una brújula rota, la punta de una flecha trabajada en hueso y algunas cosas más que fue reconociendo mientras las guardaba en una bolsa de papel. Se detuvo al llegar a una exótica billetera trabajada en cuero de alce con grabados que nunca pudo descifrar, de inmediato el aroma a cuero y fuego lo llevó hasta su niñez, cuando esperaba que su padre regresará de sus espectaculares viajes, seguramente con algún regalo para él y sus hermanas. Tantas historias que su padre les contaba, todas adornadas con estrafalarias mentiras, aventuras que seguramente nunca existieron, ciudades que Mateo, su padre, jamás vio. Aquella víspera de noche de brujas, en particular, su padre había llegado más cansado que de costumbre, se veía delgado y envejecido, con una espesa barba nueva, trofeo según decía de días de caminatas  interminables perdido en un bosque de Canadá. 

Su padre sentado junto a la chimenea aquella noche tenía un aspecto más severo, tal vez era el fuego que le doraba la piel lo que le daba un aspecto imponente. Andrés se sentía pequeño e insignificante, mientras sostenía en sus manos un pequeño soldado tallado en madera y pintado con el tradicional uniforme de los montados canadienses, un recuerdo del viaje de exploración de su padre.

Andrés se sacudió los recuerdos para volver al presente, no entendía como su padre, un respetado investigador había terminado sus días en una sucia y abandonada habitación de un hotel que parecía sacado de un cuento de terror.

Se dio prisa mientras guardaba los escasos objetos dejados por su padre, mientras mas rápido terminara, más de prisa podría salir de ese lugar. Le costaba admitir que sentía miedo, una fría sensación recorría su espalda dejando un hilo delgado de sudor frio como la muerte.

- ¿Querido? - llamó una suave voz a sus espaldas. Era su novia Ema, quien se había cansado de esperarlo en el auto y decidió subir a buscarlo.
- Ema, disculpa me distraje con algunas cosas. Espérame en el auto. Ya voy para allá.

Ema obedeció como era su costumbre. Amaba tanto a su novio que no le importaba pasar un mal rato en un barrio de mala muerte esperando a las puertas de un hotel viejo y casi en ruinas con tal de acompañarlo. Hasta el fin del mundo se repetía a sí misma. Pero también respetaba sus momentos a solas, Andrés tenia la costumbre de encerrarse en sus recuerdos, ignorando a todos alrededor. Ema solo podía acompañarlo con su silenciosa comprensión. Esperaba que ahora que había fallecido Mateo, la paz regresará a la agobiada mente de su novio.

Andrés escucho los pasos de su novia alejándose por las escaleras. Tomo apresuradamente los documentos de identidad de su padre, su pasaporte, los restos de una vida dedicada a la historia y la arqueología. Fue acomodándolos descuidadamente en su morral para revisarlos con más clama más tarde. Por ahora solo deseaba salir de ese lugar que apestaba a muerte. Buscó en los gabinetes y cajas el documento aquel, ese documento que lo obligo a rebuscar en su pasado, en el cofre de sus memorias.

- ¡Nada! - Gritó fastidiado.

Impotente dio un golpe al desvencijado ropero en el que había estado buscando. La lluvia de polvo y telarañas que provocó lo obligaron a cubrirse el rostro retrocediendo casi sin pensar. Como iba con los ojos cerrados Andrés tropezó contra la cama y cayó de espaldas casi debajo de ella. Asustado abrió los ojos para encontrarse con más telarañas y maderas podridas, en medio un bulto, una forma borrosa. Andrés alcanzó con su mano derecha su linterna de bolsillo y pudo alumbrase con ella bajo la cama para descubrir un viejo cofre mediano. Se arrastró como pudo para sacar el cofre y salir de ese incomodo lugar.

El baúl parecía muy resistente a pesar del tiempo que parecía que había sido olvidado la madera se mantenía firme. Estaba cerrado con un pesado candado de cobre. Andrés trato de forzarlo pero fue imposible. Debía encontrar la llave en aquel desorden que había provocado con su rabieta anterior.

******

Mientras Andrés se enterraba en papeles y recuerdos Ema, en el coche,  se impacientaba, habían pasado más de 45 minutos. La brisa fría de la mañana empezó a ceder su lugar al calor sofocante de la tarde. Ema puso la radio del coche para pasar el rato cerró los ojos mientras las notas de alguna balada antigua envolvían el aire. Inclinó la cabeza hacia atrás y se dejo llevar. Soñaba con un baile privado en alguna playa de ensueño, se transportaba  a su paraíso personal donde su amado se transformaba en un despreocupado príncipe al que no atormentaban recuerdos ni culpas ni misterios de vidas pasadas, un príncipe que vivía solo para ella.

- ¡Señorita!- un golpe seco en el vidrio la sobresaltó
- ¡pero niña, casi me matas de un susto! ¿que ha pasado?

La niña pálida de ojos verdes la observaba a través de la ventana del coche. Una mirada fija solo interrumpida por una mecha de largo cabello negro atravesando su rostro. Le sonreía pero Ema solo sentía inexplicables escalofríos. ¿quien era aquella niña? 

Ema, en contra de la toda sensatez, abrió la ventana para conversar con su visitante. La niña le susurro muy cerca a su rostro:

- El está perdido, pero yo sé donde esta ¿quieres verlo?

Ema trato de hacer mil preguntas a la vez, pero sintió que una horrible y poderosa garra le cerraba la garganta, no podía respirar ni hablar. Desesperada se movía en el auto en busca de auxilio. La niña impasible la observaba en silencio. Ema empezó a patear en el coche, el poco aire que le quedaba la estaba abandonando, sentía que sus ojos se nublaban, con una mano en su cuello trataba de liberarse de la invisible fuerza que la presionaba, mientras con la otra logró tocar la bocina esperando que Andrés o alguien la pueda ayudar. Después del esfuerzo que hizo en busca de ayuda sintió la mano de la niña en su espalda, Ema no sintió más dolor ni angustia. Su vista se oscureció lentamente mientras la niña le sonreía.

******
Andrés termino de revisar cada recoveco de aquella habitación sin encontrar la llave. Furioso se dio cuenta que había estado encerrado en aquel lugar más de cuatro horas. Recién ahora se acordó de Ema que lo estaba esperando, miro por la vieja ventana y pudo ver su auto en el mismo lugar en que lo dejó, pero no alcanzó a ver si Ema estaba allá.

Estaba seguro que Ema estaría furiosa, estaba pensando como compensarla y en cómo solucionar el problema del documento y el cofre. Lo único que le quedaba era llevarse el cofre cerrado y tratar de abrirlo en casa. Tomó el pesado baúl y fue bajando con cuidado por las estrechas escaleras. Buscó al administrador del hotel para agradecerle por su ayuda, pero no lo vio por ningún lado. Andrés sintió que estaba en un pueblo fantasma. Se apresuro a llegar a su coche, el peso del baúl parecía haber aumentado y casi no lo podía sostener.

Al llegar se quedo mudo, el auto estaba cerrado, pero no estaba Ema. No había nadie alrededor. Solo el silencio de la tarde que estaba a punto de terminar.

CONTINUARA…

2 comentarios:

  1. Saludos ¿esta breve muestra es parte de un libro?

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    1. Hola, gracias por la lectura, este es el primer capítulo de una serie de 4, un pequeño relato, saludos

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