jueves, 11 de junio de 2015

Sin Ecos: Capítulo IV




SIN ECOS



CAPITULO IV 

Historias, polvo y suspiros

Por muchos esfuerzos que hizo Amelia no logró contener su ansiedad, trato de soltar de la forma más delicada posible la mano firme de aquel hombre. Pero él volvió a retenerla, con una sonrisa que seguramente, si hubiera podido ver, la hubiera hecho sonrojar.


      Disculpe Monsiuer – pronunció con una voz apenas perceptible – No me he perdido, estoy muy cerca de casa, no es necesario que me acompañe – terminó  la frase casi sin voz, con una  leve sonrisa mientras levantaba esa mirada de bellos ojos plomos.


François percibió de inmediato el nerviosismo de la joven, se acerco un poco más a ella, casi sin darse cuenta,   la analizaba con una mirada penetrante y con un interés que ni él mismo entendía. Pronto descubrió la ropa sucia y maltratada de Amelia, y sus blancos pies descalzos, preocupado quiso preguntar algo, cuando su mirada tropezó con el reflejo azul del cielo en el fondo plomo de sus ojos.


Amelia nerviosa por esa cercanía inapropiada se alejo bruscamente,  el amable François trató de sostenerla pero ella empezó a correr en sentido contrario, nuevamente la oscuridad la abrumaba, no estaba segura de la dirección que tomaría, estaba pensando solamente en Louise, ¿Cómo estará? y si…  No había mucho tiempo para cuestionamientos, no permitiría que la encuentren los otros revolucionarios, menos este que a pesar de que era tan opuesto a lo que le habían contado, no dejaba de ser un enemigo. Cerró los puños con fuerza, sentía deseos de volar en lugar de correr, recordaba los disparos, su cochero, Louise, nada estaba bien. No pudo llegar muy lejos, como era de suponer François fue detrás de ella y la alcanzó.
 


……………………………….



Louise se frotaba los ojos tratando de despertar bien, aquello parecía un mal sueño, le dolía mucho la cabeza, apenas reconoció el lugar, parecía una cueva, pero al ver mejor se dio cuenta que más bien era una especie de depósito. Se incorporó  con mucho cuidado de no hacer ruido y se escurrió por una vieja puerta  hecha de cortezas de algún árbol enmohecido. Afuera estaban los 3 hombres que las atacaron antes jugando con una vieja baraja, habían bebido demasiado así que la joven confiaba en que no la notarían. Caminó por detrás de ellos y sus cálculos fueron ciertos, le resultó  fácil salir, ahora el problema era encontrar a la pobre Amelia. Se sentía culpable por haber provocado que se perdiera.


Louise recordaba que Amelia corrió delante de ella, y que luego en algún momento, mientras los hombres disparaban se le perdió de vista en una especie de matorral al lado del camino. No sabía nada más después de eso, ¿Cómo haría para saber donde estaba ella? Para ser sincera no recordaba mucho, recordaba apenas  que al ir detrás de su ama tropezó con una enorme piedra en el camino y sintió un golpe seco en su frente, los ojos se le oscurecieron con un horrible tono rojo y finalmente perdió la conciencia. Bueno luego habría mucho tiempo para averiguar o suponer que paso, ahora lo importante era encontrarse. Se puso en camino en dirección contraria al húmedo depósito.



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Mientras tanto Amelia había decidido aceptar la compañía de François para evitar problemas, después de todo el parecía una persona muy bien educada, se preguntaba ¿cómo había llegado a la filas de los revolucionarios? 

La respuesta era muy simple, él y su familia habían perdido todo sus bienes y apellido noble a raíz de las ideologías mostradas en público por su padre, como era de esperarse, el castigo recayó en toda la familia en otros tiempos adinerada y con un buen apellido, François sintiéndose decepcionado siguió a su padre a los mítines en París, hasta que las fuerzas de su aún joven papá lo abandonaron, desde entonces François ha seguido ese camino trazado para él, tan difícil para alguien tan joven , tan decepcionante a veces y tan cansado para el alma, a estas alturas François ya no sabía en que creía , había aprendido a obedecer sin cuestionar, difícilmente reconocía entre el bien y el mal, ya no estaba seguro en que bando estaba. Esta única vez estaba siendo desobediente adrede, al ofrecerse de acompañante de la bella dama. No pudo evitarlo, la reconoció de la pequeña carroza que detuvieron en el camino, esos ojos plomos y esas enormes pestañas, que esconden una mirada transparente, dulce y a la vez triste, son difíciles de olvidar. Ahora estaba más encantado que nunca con la conversación de Amelia.


Amelia parecía haber olvidado todos sus miedos,  en este momento se sentía protegida y segura. El suave roce de su mano en el fuerte brazo de François la ponía nerviosa, recordaba que no llevaba zapatos  y que su vestido estaba rasgado, sin quererlo se sonrojaba sintiendo vergüenza.


         ¿así que tu color favorito es el azul?  pregunto distraído François, pensando en su vieja casaca azul.
      Sí – se apresuro a contestar Amelia, cuando era niña, todavía recuerdo las florecitas azules que plantamos en nuestro jardín  papá solía regalarme una cada noche. Estas flores eran las pocas cosas que recordaba antes de perder la visión.
        Pero también me encanta el color naranja – continuo Amelia – yo  soñaba con unas flores anaranjadas en mi ventana.


Silencio, François no sabía el motivo del viaje de la joven pero podría imaginarlo, se notaba que a pesar de la finura de sus modales y la delicadeza de su voz, no provenía de una familia muy favorecida económicamente. Para este tipo de jóvenes solo quedaba un camino y era el del matrimonio con un noble acomodado, casi siempre muy mayor, tanto que podrían ser padres y hasta abuelos. François sacudió la cabeza, estos pensamientos no le agradaban, era una flor muy delicada para terminar en brazos diferentes a los suyos. Sorprendido se descubrió soñando con una sencilla casita en  alguna villa cerca de las montañas, tal vez con un rio cantor, con un aroma a tierra mojada en el aire, Amelia con un vestido de suave lino, azul con un cinto naranja y una sombrilla del mismo color. Sueños, no podían ser otra cosa ¿Qué  podía esperar un revolucionario? Con suerte una muerte honorable o una larga lucha sin fin.


Amelia seguía contándole historias sacadas de sus libros, de caballeros con pesadas armaduras y princesas con largas cabelleras, era fascinante escucharla, por un instante ambos vivían cada aventura juntos.


         Se hace tarde – interrumpió François – ¿Continuamos en camino a Paris?

Ella buscaba la mejor respuesta, después de todo seguramente Louise la estaba buscando y también estaría en camino a París. Tampoco sería prudente mostrarse preocupada, podría ponerlo en alerta, después de todo él era un peligroso soldado de la revolución.


          ¿Cuánto falta para llegar a París? – preguntó Amelia.


No pudo escuchar ninguna respuesta, los cantos de los grillos se detuvieron por completo. El tenso ambiente empezó a descender sobre los dos. Escuchó en cambio  varios disparos que  cruzaban el aire silbando.


Amelia sintió que los brazos de François la rodeaban, cayeron al piso los dos, ella cubrió sus oídos con las manos. François saco su pistola para tratar de defenderse. La polvareda no le dejaba ver  nada.


Del otro lado un grupo de militares en camino a Versalles estaban disparando despiadadamente sobre ellos. François se dio cuenta de la situación, no debía arriesgar a la joven, se levanto de golpe con las manos en alto en señal de paz. El comandante militar observó la seña a la distancia y ordenó que cese el fuego.  Le pidió a François que se acerque con una nueva seña.

François no podía dejar  a Amelia,  pero tampoco podría exponerla, la dejo donde estaba.

      Quédate ahí   le pidió – voy a hablar con ellos, no te muevas.


Amelia tembló, conocía muy bien el destino de los revolucionarios. No supo que fuerza la impulsó. Tal vez la sensación que le producía la voz de él o el contacto de sus manos, o el aroma que lo rodeaba. Nada de eso importaba, iba a prevenirlo, tenía que impedir que le hicieran daño. Por fin aquel príncipe de pie ante su ventana con flores color naranja en la mano tenía un nombre, se llamaba: François


       Espera!!! – por primera vez su voz se sintió real – François – gritó nuevamente.

En respuesta solo creyó escuchar la voz de él en el viento y un dolor intenso en el pecho, un líquido caliente emanando. Un soldado nervioso acaba de disparar. Amelia sintió una vez más los brazos de François, luego no sintió nada más.

François no quería levantar la mirada de los hermosos ojos que se cerraron ante él. Su destino ya no tenía ninguna importancia, solo quería quedarse a lado de la suave flor de ojos plomos  y voz de ninfa que sostenía aún su mano, mientras su vida se extinguía en un suspiro inaudible. Sin ecos.


F I N



                                                    

2 comentarios:

  1. :O No me esperaba para nada este final :(
    La historia me ha gustado mucho guapa ^^ aunque me ha parecido un final muy triste :(
    Comienzo con la reseña y mañana la publicaré ^^
    Un besazooo!!!

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  2. Hola, recién terminé de leer. La verdad que es una historia que tiene de todo: romance, suspenso, un poco de acción... Eso la hace entretenida y dan ganas de seguir leyendo, los ganchos están muy bien manejados ;) Me gustó cómo los detalles ayudan a imaginar la ambientación y a crear la atmósfera; sobre todo cuando Amelia se fuga de la realidad, eso le da más profundidad como personaje. El final es excelente, aunque es triste, creo que le queda perfecto.
    Creo que la historia da para más, podrías desarrollar algunas partes, como la del enamoramiento entre François y Amelia, por ejemplo.

    Me gustó mucho, saludos!

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